La Despedida, ¿Es un dolor tan dulce?

Sí, no sería difícil entender la famosa frase de Julieta en la eterna escena del balcón donde pronto va a separarse de Romeo. Es comprensible que para ella la despedida sea un dolor tan dulce que "estaría diciendo buenas noches hasta el amanecer". Es un dolor: se trata de una separación; es dulce: lleva en sí la esperanza, la urgente necesidad del reencuentro. Por lo demás, no deja de resultar prodigioso sufrir porque alguien se marche. Todo el que ha estado apasionado alguna vez conoce lo que Julieta quiso decir. Sabe de esa complicada mezcla de sufrimiento y gozo. Al parecer (y por fortuna), lo que llamamos amor, suele pasar por entre angustias y paradojas semejantes. Por supuesto, no siempre estamos enamorados al modo admirable de Julieta. No siempre (casi nunca, nunca) se nos brinda la posibilidad de vivir inmersos en la tragedia; la vida, a veces con colores desviados, a veces tan obstinadamente rutinaria y falta de grandeza, nos enseña que no es común entre nosotros, que el adiós resulte esa endemoniada y divina mezcla de dolor y de dulzura. Hay algo patético en las despedidas, insisto: no en las espléndidas de la imaginación, de la literatura, sino en las burdas e injustas separaciones que depara cada día. Las despedidas que tienen el rango del bolero, del café con leche, del almuerzo escaso y solitario de la tarde de domingo. Las despedidas que tienen el rango del tedio. Las que no enardecen por la posibilidad del reencuentro, que no estimulan el deseo, sino las otras: las separaciones que empobrecen la vida, las que dejan al hombre clavado en el sillón, cansado el brazo de decir adiós. Sé que hablo demasiado personal: resulta inevitable, no hay modo de escapar a lo que uno es (o que uno cree ser). Para intentar explicarlo, escribiría: "He pasado la vida despidiendo". No se me escapa que quien más, quien menos, todos conocen el alcance de una despedida. Todos se han visto en el trance de despedir a alguien que desean a su lado, y no requiero para mí (para nosotros) semejante privilegio. No se trata de eso. Se trata, repito, de cuando la despedida se convierte en acto de tantas horas y de tantos días. He intentado relaciones que de antemano conozco condenadas al adiós. Quiero decir, la vida se arruina. Como desaparecen recuerdos y noches compartidos, como se olvida una cara o el metal de una voz, como se desvanecen sueños y proyectos, se pierde la historia de la propia vida. Se comienza a carecer de biografía, los días se van en rehacer amigos que deberán ser despedidos luego; a veces, en momentos de lucidez, se tiene la impresión de que se vive en tierra de tránsito, de que nada es permanente y fijo. Hay días de clarividencia en que resulta demasiado absoluta la sensación de transitoriedad de todas las cosas. Sí, es cierto, las cosas son transitorias, pero también es necesaria o útil o hermosa la ficción de que todo es firme, seguro, inmutable. Aunque resulte tremendista, se puede llegar a una conclusión: cuando alguien que pasa a la página siguiente, queremos (o sea, que necesitamos) se va de nuestro lado, sin la intención o la probabilidad de volver, se comienza a morir un poco. Pero lo más grave, insisto, es que uno se va adaptando a las despedidas, que no ve en ellas un hecho sorprendente, inusual, de excepción. Lo más peligroso es que, a fuerza de repetido, el acto de decir adiós, de ver que alguien se marcha "para siempre", se transforma en hábito terrible, y hasta en hastío. Lo más alarmante es el adaptarse a la soledad, y escuchar a un amigo decir que se va como si dijera que llueve o hace calor, no tener la lucidez de percatarse de cuánto se marcha con él, de que con él algo irrecuperable se aleja. Porque ese hermano, amante o amigo no sólo se ausenta, sino algo mucho peor: se ausenta sin la voluntad (o la posibilidad) del regreso. Así, por ese extraño camino, se llega a comprender muy bien el verso célebre de Borges: "Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas". Se suceden desapariciones, alejamientos, adioses (sin la gracia de una sonata de Beethoven o de una sinfonía de Haydn), hasta el día forzoso en que es preciso detenerse, mirar alrededor y descubrir sin asombro cómo poco a poco todo se ha convertido en un páramo.

Edgar de la Rosa.

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