De vuelta en los tranvías.

De vuelta en los tranvías.


La vuelta del tranvía es la utopía de una Ciudad de México vista como una Burdeos Azteca que recuerda la pesadilla automovilística como una antigua maldición y que llegara tarde o temprano a su destino ideal.  


Los habitantes de la Ciudad de México retrocedemos cada vez más en el tiempo. En los años 70 u 80 algunos amigos me comentaban como sus padres o abuelos hablaban de ir desde San Ángel al zócalo como de ir "a México", quizá en referencia a unas épocas en que el viaje al centro era un viaje a la capital desde una provincia periférica de caminos imperfectos, de tranvías lentos y morosos. Pasada la mitad de siglo, el trayecto de San Ángel al centro se convirtió en un paseo relativamente corto, que sorprendía por su facilidad a aquellos que antaño lo habían vivido como un viaje. Ahora todos sabemos que es prácticamente imposible viajar de modo expedito de San Ángel al centro o de cualquier punto a cualquier punto. Como si la ciudad, que antaño se espaciaba merced a los lagos y los canales y después merced al campo o a la lentitud de los antiguos transportes, se dilatara ahora por culpa de los transportes y las gentes. En el fondo, esta ciudad, esta tierra del Águila a la hora de su almuerzo de serpiente sobre la que nos aposentamos, no quiere que la recorramos con facilidad. Hace unos años, a mediados de los años 90, se hablaba de volver a llenar de agua los antiguos canales, restablecer los cauces de agua para separar del nuevo, de manera natural, a sus invasores habitantes y de rodearla de agua para desalentar las externas y engordadoras migraciones. No sé si era buena idea desde el punto de vista urbanístico o ingenieril; ciertamente era bella, si nos engañábamos lo suficiente como para convencernos de que aquellas aguas no se convertirían en un lodazal nauseabundo donde nadarían cómo nenúfares posmodernos los envoltorios de papitas y chicles. Sin embargo, aquella idea volvía patente una metáfora muy verdadera: esta es una ciudad de separaciones, de distancias y todos los intentos por romper aquellas barreras han desembocado a la creación de nuevos de unas nuevas, cada vez más desalentadoras: "los ejes viales", por ejemplo, solo contribuyeron a taponarla de automóviles; a saber que maldiciones nos lloverán desde los segundos y terceros pisos que pretenden saltar kilómetros. Es como si, cada vez que queremos ir de un punto a otro de la ciudad, nos invadiera un desaliento peor que si existiese un letrero que dijera: "Prohibido ir Del Valle a Naucalpan" y unos guardias nazis vigilarán los caminos. No existe ni el letrero ni los guardias nazis -gracias al cielo-, pero si una infinidad de seres como uno empeñados en ir en sentido opuesto, en el mismo sentido y en cualquier sentido, cada vez más desesperados e inmóviles.
Quizás nuestro error es el afán de ser rápidos.
Hace poco más de un año un amigo viajo a Francia, a la ciudad de Burdeos, la del famoso vino. Me contó sobre ella, una ciudad medieval maravillosa, con una curiosísima colección de monumentos de todas las épocas, a ratos como desván de maravillas: junto a la muralla se puede entrever una pequeña columna muy similar al Ángel del la Independencia, por el estilo, por la época quizá, que parece como si alguien la hubiese dejado tirada por ahí. El asunto es que me puse a indagar mas sobre Burdeos, me encontré con la sorpresa de que la rodea un tranvía que es el colmo de la civilización: llega a todas partes a sus horas, uno mismo le paga el boleto a una máquina que no le gruñe ni le dice que se arrime o que se corra hacia ningún lado. Me encontré que ese tranvía es relativamente reciente: antes había sido desterrado por una horda de furiosos cochecitos europeos que convirtieron aquella ciudad magnífica en un pequeño infierno (me imagino que todos acababan metiéndose en las tabernas para olvidarlo; por lo menos es lo que yo hubiera hecho) Los bordeleses llegaron a la conclusión de que los que sobraban eran los autos; los expulsaron y trajeron de regreso al antiguo tranvía: ni rápido, ni lento, rodeaba la ciudad y tarde o temprano todo el mundo llega a donde tiene que llegar.
El día en que desaparecieron los tranvías de esta ciudad, estoy seguro, nos cayó algún tipo de maldición, de preferencia azteca. En mi ciudad utópica, los tranvías regresarán al Distrito Federal como elefantes dignos y antiguos a los que habrá que pedirles disculpas. Tras de mucho rogarles, nos terminarán llevando de un sitio a otro a su ritmo y a su hora, como el tranvía de Burdeos. Quizás no llegaremos a los lugares en un santiamén, como nos ha dictado nuestra fantasía de automovilistas, pero llegaremos. Y quizá recordaremos con temblores y escalofríos aquellos sacrificios aztecas de automóviles desde los segundos y terceros y cuartos pisos y esa noche terrible imploraremos que regresan los tranvías, aterrorizados.


Edgar de la Rosa

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